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Se cumplen 44 años de la dimisión de Richard Nixon por el caso Watergate

A mediados de los años ’70 se vivían tiempos convulsos en los Estados Unidos. A pesar de la firma de los Acuerdos de París que permitieron a Washington retirar la mayoría de sus tropas de Vietnam del Sur tras ocho años de un catastrófico despliegue militar, la guerra de Vietnam continuaba y se percibía como una derrota.

El aumento de los precios del petróleo azotaba directamente sobre las economías domésticas, el activismo social entraba en tiempos oscuros con la aparición de grupos insurgentes armados como el Frente Simbiótico y Richard Nixon, Dick, el presidente que había ganado su reelección por una abrumadora mayoría menos de dos años antes, comenzaba a perder popularidad a un ritmo vertiginoso por las informaciones reveladas en el Washington Post que le situaban como principal responsable de un escándalo de espionaje contra el rival Partido Demócrata.

El 8 de agosto de 1974, acosado por las circunstancias y para evitar la humillación del ‘impeachment’ una suerte de moción de censura del poder legislativo, Richard Nixon presentó su dimisión en un discurso emitido por televisión.

Todo había comenzado por una serie de artículos de dos periodistas con escasa experiencia de la redacción del diario Washington Post. Una fuente anónima, presentada como ‘Deepthroat’ (Garganta Profunta, un alias provocador por su referencia directa a la película pornográfica que causaba furor en las Salas X de todo el país) se puso en contacto con ellos poniéndoles sobre la pista de la importancia de un suceso acaecido en junio de 1972. A priori, un suceso sin relevancia.

Los hechos del escándalo Watergate

En la madrugada del 17 de junio de 1972, en plena precampaña electoral de las presidenciales que enfrentarían a Richard Nixon en su intento de reelección a George McGovern, probablemente el candidato más a la izquierda desde Franklin Delano Roosevelt que alcanzaba la nominación del Partido Demócrata, cinco individuos fueron sorprendidos mientras allanaban la sede Demócrata en el complejo Watergate de Washington DC.

A pesar de pasar desapercibida entre la información de aquellos días, entre los detenidos figuraban el exagente del FBI James McCord, que había trabajado como agente de seguridad para el Comité de Reelección del Presidente. Junto a él, Bernard Barker, Virgilio González y Eugenio Martínez, agentes de la CIA ligados a operaciones encubiertas contra el gobierno cubano e implicados en toda clase de tramas oscuras de aquellos opacos años de la Guerra Fría.

En un primer momento se trató de transmitir la imagen de que eran unos simples vagabundos que habían irrumpido en las oficinas con la intención de robar cualquier cosa de valor.

Sin embargo, el asunto adquirió inmediatamente tintes conspirativos al comprobarse que los acusados eran expertos en labores desestabilizadoras contra jefes de Estado extranjeros contrarios a los intereses de EE.UU.

El juicio Watergate

Durante el juicio por el allanamiento, celebrado en septiembre de 1972, los acusados se declararon culpables, tapando cualquier posible investigación sobre el caso. Solo una pequeña sombra de duda quedó en torno a ciertas declaraciones de James McCord, el agente del FBI implicado, que apuntaba a altos cargos del Partido Republicano y sostenía que se estaba viendo presionado para declararse culpable.

Pese a las firmes sospechas generadas en el juez John Sirica, el juicio concluyó con la admisión del testimonio de culpabilidad y unas condenas menores por los hechos directos el 30 de enero de 1973. Posteriormente, saldría a la luz que el propio fiscal John Mitchell estaba directamente pagado por fondos destinados a financiar la campaña republicana.

La investigación de la prensa

Sin embargo, a pesar de los intentos de silenciar el trasfondo de los acontecimientos, el escándalo había saltado a la prensa con un acoso creciente gracias a los artículos del diario Washington Post que apuntaban directamente a la relación entre los agentes que habían irrumpido en Watergate y los Comités para la Reelección de Richard Nixon.

La fuente anónima Deepthroat fue revelando datos e indicando el camino de indicaba dónde tenían que indagar los periodistas Bob Woodward y Jonathan Bernstein. Muchos años después y tras décadas de suposiciones y teorías, los periodista revelarían que el hombre tras el nombre en clave era William Mark Felt, segundo al mando del FBI a nivel nacional.

Aunque al principio su cobertura fue marginada e incluso vilipendiada por algunos medios como el LA Times (que llegó a publicar artículos reprobatorios sosteniendo que el tratamiento del caso por el Washington Post no cumplía los mínimos criterios profesionales de la prensa al estar asentadas en rumores y conjeturas en lugar de fuentes confiables), las revelaciones fueron calando poco a poco en toda la estructura de medios de los Estados Unidos. El New York Times y la revista Times comenzaron a secundar las indagaciones.

El juicio político

Las revelaciones hechas por los periodistas del Washington Post llevaron a que en marzo de 1973 el Senado decidiera constituir una comisión de investigación, que comenzó a trabajar en el mes de mayo.

A raíz de los interrogatorios se descubrió que la trama de implicados en el escándalo Watergate pertenecían al círculo más cercano al presidente Nixon. En una declaración ante el comité del Senado, John Dean, abogado de Nixon, afirmó que el presidente contaba con un sistema de grabación y que de manera rutinaria se graban todas las conversaciones y llamadas telefónicas.

Las declaraciones de Dean provocaron que el Senado pidiese al presidente que entregase las cintas, lo que situó al máximo mandatario del país contra la espada y la pared. Cuando el gabinete presidencia por fin accedió a la entrega de las cintas, a todas luces están incompletas y manipuladas.

A medida que pasaban los meses, el escándalo iba ocupando toda la actualidad política del país y del mundo. En un intento por quemar barcos para salvar la flota, Nixon comienza a destituir uno tras otro a todos los altos cargos implicados en el escándalo.

Un Nixon cada vez más acorralado comenzaba a cometer errores políticos de bulto. El 20 de octubre de 1973, en una intromisión que generaría un impacto tremendamente negativo entra la opinión pública, Nixon recibe la dimisión de dos Fiscales generales por sus maniobras para tratar de destituir al abogado Archibald Cox que investigaba el caso.

En febrero de 1974 se iniciaba oficialmente el proceso de ‘impeachment’, por el cual el presidente podía ser destituido, al tiempo que en los tribunales se acusaba formalmente a siete consejeros y altos funcionarios por espionaje. Pero las investigaciones no se detuvieron, destapando que Watergate tan solo había sido la punta del iceberg de toda una trama de actividades ilegales encaminadas a garantizar la reelección a cualquier precio de Richard Nixon.

La renuncia

La avalancha de pruebas e informaciones reveladas hicieron insostenible la posición de Nixon. La gota que colmó el vaso fue la revelación, el 5 de agosto de 1974 de la denominada “smoking gun tape”, (grabación de la pistola humeante, en referencia a la total certeza que otorgaba de la implicación directa de Nixon en el crimen, como si le hubiesen atrapado con la pistola aún humeante después de disparar). Sin prácticamente ningún apoyo político, el 8 de agosto de 1974, dos años después del asalto a las oficinas demócratas del Watergate, Richard Nixon dimitió dejando su puesto al vicepresidente Gerald Ford.

El escándalo del Watergate fue un momento clave en la historia política de los Estados Unidos y las democracias occidentales. Por un lado, supuso el más alto hito de la fiscalización de las autoridades competentes de un país, poniendo de manifiesto que, a pesar de los intentos de ocultación, cualquier cargo político estaba sometido al escrutinio y vigilancia de la prensa.

Sin embargo, ahí quedó el hito. Richard Nixon jamás llegó a enfrentarse a los tribunales y la totalidad de la información jamás salió a la luz, ya que la primera medida del nuevo presidente Gerald Ford fue establecer un inulto presidencial total. Muchos datos, nombres, detalles y elementos fundamentales para esclarecer hasta donde llegaban las actividades irregulares del entorno del presidente quedaron silenciados.

Por otro lado, el caso supuso una lección para la clase política estadounidense. Y no una lección precisamente buena. Una década después, el Irán-Contra, un escándalo de incluso peor calada ya que suponía de facto la comisión de una Alta Traición por parte del presidente Ronald Reagan y el vicepresidente George Bush Sr fue solventado con un cierre de filas en el ámbito político y periodístico.

A día de hoy, 44 años después, Richard Nixon, Tricky Dick, ha sido el único presidente de la historia de los Estados Unidos que presentó su dimisión.

Con información de Tercera Información

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