Ciencia

Bióloga mexicana explora secretos de delfín rosa y jaguar en Amazonía

Misteriosos delfines rosados y majestuosos jaguares son dos de las especies que la bióloga mexicana Wezddy del Toro Orozco lleva estudiando desde hace un lustro, para arrojar luz sobre sus vidas en la mayor selva del planeta.

“Antes de venirme a la Amazonía brasileña una maestra me dijo que me iba a vivir en medio de la nada, pero en realidad ¡estoy en medio de todo!”, dijo con ironía esta moreliana, de 32 años, que ya hizo carrera en México, Escocia, Australia, España, Italia y se prepara para trasladarse a Estados Unidos.

Del Toro es una de las investigadoras que trabaja en la Reserva Mamirauá, uno de los rincones más preservados de la selva brasileña enclavado en el corazón del estado de Amazonas, fronterizo con Venezuela, Colombia y Perú.

Del tamaño de Suiza oriental, la reserva cuenta con una población de apenas 11 mil personas que viven de forma sustentable de la pesca, la agricultura, la caza y el turismo, en una región de extraordinaria biodiversidad, con hasta 120 especies de árboles por hectárea.

Es también en la Mamirauá donde se estudian dos especies de gran densidad en la región: el delfín rosado de la Amazonía (el delfín de río más grande del planeta) y el jaguar, uno de los felinos más bellos y temidos de América.

“Aquí tenemos una de las mayores densidades de jaguares del mundo, con más de 10 individuos por cada 100 kilómetros cuadrados”, explicó a Notimex Del Toro, entrevistada en una casa flotante sobre el río que sale del lago Mamirauá, infestado de caimanes y pirañas.

“Hay la percepción de que el jaguar es agresivo, pero no es cierto, en realidad se defiende. Y no come carne humana, en esta región se alimenta principalmente de caimanes, monos y perezosos”, agrega Del Toro, quien lleva cinco años y medio en la región y ahora prepara un doctorado sobre la percepción del felino entre unas 400 comunidades locales tradicionales.

En su computador, cientos de fotografías que dan cuenta de una fascinante labor como investigadora: expediciones en canoa por la selva inundada para ir en busca de los jaguares, con el objetivo de estudiar su comportamiento, alimentación y salud.

Así, ha participado junto al investigador brasileño Emiliano Ramalho –que estudia los felinos desde 2004 y es considerado uno de los mayores expertos del jaguar en esta zona de la Amazonía- en misiones en las que sedan a los jaguares, toman muestras de sangre y les colocan collares para monitorear sus movimientos por GPS y telemetría.

Preguntada sobre si ha tenido algún ataque de “este animal solitario”, la mexicana lo negó, entre risas.

“He tenido algunos sustos por cosas imprevistas”, dijo esta maestra en ciencias por la UNAM, que explica algunas anécdotas como cuando un día, en su canoa a remo, pasó varias veces por debajo de un árbol en cuyas ramas estaba, tranquilamente, un jaguar que la observaba desde lo alto (y que jamás se lanzó a atacarla).

En sus últimas semanas en la Reserva Mamirauá, de un tamaño superior al millón de hectáreas y sin apenas una carretera, Del Toro señaló que la Amazonía es “un paraíso para los biólogos”, en parte por su extraordinaria biodiversidad, aún no descifrada, pero que llega a cifras como más de dos mil 500 especies de peces o 16 mil tipos de plantas y árboles.

Una región fundamental para el futuro del planeta no solo por sus contribuciones en la lucha contra el cambio climático, sino también por la presencia de especies animales y vegetales que podrían contribuir, si estudiadas, con el desarrollo de nuevos fármacos contra enfermedades como al Alzheimer o el cáncer, cuya cura todavía no existen.

A pesar de ello, la selva amazónica, que se extiende en 60 por ciento dentro de territorio brasileño, está amenazada por el avance de la deforestación como consecuencia de la industria agrícola y ganadera, así como por la especulación de la tierra arable y la tala ilegal de madera.

Estimaciones recientes de investigadores como el estadunidense Thomas Lovejoy y el brasileño Carlos Nobre, que llevan décadas investigando sobre la Amazonía, señalan que la mayor selva tropical del planeta podría estar cerca de un punto de colapso por la destrucción humana.

Los científicos estimaron en un artículo científico publicado en marzo pasado que si se llega a la destrucción del 20 al 25 por ciento del total de la selva, el ecosistema podría colapsar, el régimen de lluvias –principal sustento de la jungla- cambiaría radicalmente y uno de los bosques más densos y biodiversos de la Tierra transformarse en una savannah.

Se cree que el porcentaje de selva destruido desde 1960, cuando comenzó el período acelerado de destrucción para dar paso a actividades como la agricultura, la minería o la construcción de infraestructuras, está entre 17 y 20 por ciento.

El corte raso de selva amazónica se situó entre agosto de 2016 y julio de 2017 en los seis mil 600 kilómetros, una caída de 16 por ciento respecto a los casi ocho mil del mismo período del año anterior, cuando la Amazonía brasileño tuvo su año más destructivo desde 2008.

NTX/I/HA/DAS/

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